Felisa Carbonari nació en 1910 en Ensenada y eligió su carrera siendo una niña. Sus padres no querían que estudiara medicina; sin embargo, se mantuvo firme en su deseo y pudo hacerlo gracias a una beca del Liceo, destinada a los mejores promedios. Desde entonces, no dejó de romper prejuicios

En una época en la que la medicina era un ámbito casi exclusivo de los varones, Felisa Carbonari se abrió paso con una convicción que la acompañó desde la infancia: curar. 

Su historia no sólo es la de la primera médica egresada de la Universidad Nacional de La Plata, sino también la de una mujer que desafió los mandatos sociales, los prejuicios familiares y las limitaciones de su tiempo para construir su propia trayectoria en el ámbito de la salud pública. 

Según lo que ella misma contó en una entrevista publicada por el diario El Día de La Plata en marzo de 1978, su vocación apareció temprano. Cuando tenía apenas cinco o seis años, solía ver pasar a un joven con guardapolvo blanco y le preguntaba a dónde iba. “A estudiar medicina, para aprender a curar a los chicos”, le respondía él. Ese simple cruce, dijo, la marcó para siempre. 

Sin embargo, el camino no fue fácil. Al terminar sus estudios secundarios, sus padres se opusieron firmemente a que estudiara medicina, por considerarla “no apta para una mujer”. Incluso le aclararon que de ninguna manera pagarían sus estudios. 

“Estaba desesperada, no sabía qué hacer, hasta que llegó mi salvación, porque la Facultad de Medicina otorgó dos becas para los mejores promedios del Liceo y tuve la suerte de poder ingresar”. Así las cosas, a la familia no le quedó más remedio que aceptar su decisión.

En 1932 ingresó a la UNLP y seis años después, en 1938, se recibió de médica. 

El ingreso a la vida universitaria y luego al ámbito hospitalario implicó también enfrentarse a un contexto adverso. Felisa comenta que el único recuerdo que la entristece es el de sus compañeras del secundario quienes, a pesar del cariño que se tenían mutuamente, se burlaban de ella y le decían que nunca llegaría a cumplir su aspiración, porque una mujer no había nacido para ser médica. 

Pero, como se ve, la determinación pudo más. Sus primeras prácticas las realizó en el Hospital de Niños Sor María Ludovica de La Plata, institución en la que desarrollaría el resto de su carrera.

Allí comenzó desde abajo: practicante menor, practicante mayor, médica de sala, jefa de sala, jefa de piso y, finalmente jefa del Pabellón de Enfermedades Infectocontagiosas. 

Durante 34 años, trabajó en ese servicio, al que llegó, paradójicamente, después de insistir en ingresar a un área que muchos consideraban peligrosa. Por esa decisión, algunos la calificaban de inconsciente. 

En ese momento, comentaba con ironía que la habían enviado a ese pabellón como castigo. Su labor alcanzó un punto clave durante las epidemias de poliomielitis que afectaron al país, a mediados del siglo XX. 

Esto ocurrió especialmente durante la crisis sanitaria de 1956, cuando el Hospital de Niños de La Plata se convirtió en un centro de referencia para la atención de casos graves. Contaba con pulmotores que asistían a los pacientes con compromiso respiratorio, en una época en la que los recursos eran escasos y la situación, extrema. 

Su aporte no se limitó a la atención clínica. Carbonari tuvo también un rol activo en la formación de nuevas generaciones de médicos. Fue una docente exigente y cercana, recordada por sus alumnos por su capacidad didáctica y su trato humano. 

Silvia González Ayala, doctora en medicina y docente especialista en enfermedades infecciosas e infectología pediátrica, evoca a la doctora Carbonari como una figura protectora: “Le decíamos la gallina con los pollitos, porque nos contenía y acompañaba en el aprendizaje”. 

Combinaba “firmeza y sensibilidad”, sabía imponer respeto sin levantar la voz, resolver conflictos con gestos sutiles y transmitir conocimientos, en un contexto en el que no existían muchas de las herramientas actuales, como el calendario de vacunación. En esos años, enfermedades como el sarampión, el tétanos o la poliomielitis eran amenazas constantes. 

La doctora Carbonari fue protagonista de un proceso histórico más amplio: la lenta incorporación de las mujeres a la medicina. A pesar de su trayectoria, nunca accedió a los cargos más altos, reflejo de una época en la que los puestos jerárquicos estaban reservados a los varones. Aun así, su presencia abrió puertas.

Su sobrino nieto, Augusto Gonzalvo, neurocirujano radicado en Australia, cuenta que en los años treinta “era impensado que una mujer estudiara medicina”. Y agrega: “Para ser mujer en ese ámbito había que ser mejor que los hombres, se les exigía más”. 

Ese nivel de exigencia implicaba sacrificios. Muchas profesionales debían relegar aspectos de su vida personal para sostener sus carreras. En el caso de Carbonari, se casó a los 45 años, en medio de un contexto político complejo, y adoptó una hija. 

Su matrimonio no prosperó, probablemente por las dificultades de compatibilizar la vida profesional con los mandatos de la época, según deducen sus familiares. 

Amiga y vinculada como estaba con Sor María Ludovica, su casa sirvió de refugio para ella y otras religiosas en junio de 1955, cuando se produjeron los ataques a las iglesias como represalia por el bombardeo a la Casa de Gobierno, lanzado por varias unidades de la aviación naval. “Tuvieron que salir a la calle vestidas de civil, sin los hábitos, y Felisa las recibió en su casa”, explica Augusto. 

Cuenta el doctor Gonzalvo que su tía abuela fue la primera profesional en una familia de personas de oficio. Él y dos de sus hermanos siguieron los pasos de Carbonari: su hermana, fallecida en 2012, era especialista en cuidados críticos y su hermano es médico deportólogo.

“No tuvimos influencia directa porque la conocimos poco, pero sí hay una gran historia familiar ligada a la medicina”, detalla, y menciona nombres destacados que circulaban por su casa de manera cotidiana, como José María Mainetti y Emilio Cecchini, entre otros. 

Quienes conocieron a Felisa la recuerdan como una mujer seria, de carácter firme pero amable, comprometida con su trabajo y con una ética inquebrantable. “Tenía ángel”, dicen sus exalumnos. También tenía una idea clara sobre el valor y la fuerza de los deseos: “Lo importante es tener vocación”, sentenciaba Felisa; “después, el triunfo llega solo”.

Su legado se extiende más allá de su especialidad en enfermedades infecciosas. Fue una de las primeras mujeres en conducir un automóvil en Ensenada, una señal más de su espíritu pionero. Y, sobre todo, fue parte de una generación que abrió camino en un ámbito que no estaba preparado para recibirlas. 

Días atrás, la Sociedad Médica de La Plata y la Cátedra Libre de la Salud de la Mujer, reconocieron a Carbonari como Personalidad Destacada 2026, con el objetivo de rescatar su trayectoria profesional y su impacto humano, en tiempos en los que, pese a todo, persisten fuertes desigualdades de género.